El cambio contigo

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¿Qué puedo hacer para cambiar el mundo? ¿Qué he de hacer?

Me despierto y me siento atrapada. Pero eso no es todo, siento que todo el mundo a mi alrededor también lo está. Me pregunto quién nos atrapa. Y la respuesta vuela rápida hacia mí: somos nosotros. Nos atrapamos.

Quiero salir.

Durante mi infancia pensaba que yo vivía en un mundo en el que todos podían respirar y ver en color excepto yo, que me ahogaba y respiraba grises. Pero ahora veo que todos vivimos en nuestra propia película. No siempre tenemos la opción de elegir el decorado, ni los personajes…

Me despierto y quiero decirte tantas cosas. Quiero hablarte de todas estas ideas que vuelan en mi mente. Atrapadas allí como lo estoy yo en este mundo. En mi vida.

Quiero que sepas todo, quiero que seas consciente de lo que pienso. Quiero cambiar. Quiero frenarme. Frenar mi vida y la tuya. Frenarnos porque veo que nos vamos a estrellar. ¿Sabes contra quién? Yo te lo diré. Contra nosotros mismos.

Nací y no pude decidir qué hacer con mi tiempo. Todo está ya implantado en nosotros formando parte de nuestra realidad. Es tan complicado. Aun así, yo no pude decidir y no dudé, no pensé en cambiar lo que me rodeaba. No. Es lo que toca y no lo cuestioné. No lo cuestioné hasta que vi que me mataba. Me quitaba mi vida cuando se suponía que tenía que formarme para vivirla. Y nadie lo sabía.

Me pregunto si los profesores son conscientes del daño que me hicieron, que me hicieron a mí y a otros alumnos. No es su culpa. No me gusta culpar a nadie, y menos a ellos. Creo que simplemente no se dieron cuenta. No se fijaron. Según mi profesora de filosofía los profesores son verdugos y a la vez esclavos de este sistema. Su trabajo no incluye que los niños sean felices, sino que al final de cada trimestre se examinen de un temario preestablecido.

Pero ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es la felicidad para pedirle a un profesor que no me la quite? Un concepto abstracto y ambiguo. Yo tengo bastante claro qué es la felicidad. Sé que ser feliz no es luchar para conseguir un objetivo y una vez que lo consigues eres feliz. No. Para mí, la felicidad es el proceso por el que pasas para conseguir lo que te propones, para vivir cada día de tu vida con sus momentos buenos y malos, aprendiendo, viviendo. Y en ese proceso, mientras creces y te conoces podrás tocar con la mano la lejana laguna de la felicidad que te acompaña.

Ahora me pregunto si conseguiré convencerte. ¿Conseguiré que mires a tu alrededor en busca de errores en el sistema de nuestras vidas? Estoy harta. Estoy harta de que la gente no pare de quejarse, pero no haga nada para cambiar lo que está mal. Sé que muchos de ellos no es que no quieran, es que no pueden. Pero aun así, hay que darles una oportunidad. Date una oportunidad para frenar, salir de tu vida y mirarlo todo desde fuera.

No es tan sencillo.

Desde hace tiempo me he sentido atrapada entre paredes. Cada día que pasaba, las paredes se encogían más y más hasta no dejarme espacio para respirar. No entendía cómo era posible que las paredes que formaban mi vida me la estuviesen quitando. Me preguntaba si alguien se sentía como yo. Pero todo el mundo sonreía y eso hice yo. Eso hice hasta que los problemas se hicieron tan grandes que no los pude ignorar más, era frenarme o morir.

Pero el mundo no quiere frenar. Es más fácil seguir y disociar, es más fácil desgastarse hasta no poder más. Es más fácil porque no nos queda energía, porque ya estamos desgastados, porque nos cuesta aceptar la realidad.

No puedo cambiar el mundo si el mundo no quiere cambiar

Yo quiero frenar. Yo he elegido frenar. Pero para ello necesito que el mundo se frene conmigo y he descubierto que eso es imposible. He descubierto que no puedo cambiar el mundo si el mundo no quiere cambiar. Cada persona, cada individuo está en una etapa distinta en su vida, con sus prioridades y sus metas. Y yo estoy en esta, en querer cambiar el mundo. Cuando se lo intento transmitir a otra persona me doy cuenta de lo difícil que es conseguir que tus mensajes les hagan cambiar, o al menos pensar. Ellos tienen en su cabeza revoloteando miles de pájaros titulados problemas, nadie necesita más.

A medida que pasan los años, me doy cuenta de que no todo el mundo sonríe. Que realmente todos ellos se quejan indirectamente. Mis amigos y compañeros, mi familia, mis profesores. Cuando alguien se queja de su vida, de lo cansado, pesado y estresante que es todo, pero sigue viviendo su día a día sin intentar llevar a cabo ningún cambio, es frustrante. Es muy complicado. No es fácil cambiar, o saber exactamente qué cambiar.

Me siento inútil. Siento que no tengo ningún poder para mover ni un diminuto grano de arena. Me siento insuficiente, débil. Yo también me he quedado sin energía. Estoy devastada y rota. Por eso, intento reconstruirme, pero sin querer me doy cuenta de que da igual cuantas veces me reconstruya. Si el mundo sigue rompiéndome no conseguiré avanzar. El mundo. Así que el mundo me rompe. ¿Pero es realmente el mundo así, o la realidad que hemos creado? Este sistema que desde pequeños estaba implantado, escondido, pero, ahora que me doy cuenta, es el que me está matando.

¿Sabes qué sería fácil? Sería fácil pensar que soy un caso especial. Pensar que yo soy la única que se siente de esta manera. Me gustaría. Pero no es así. Cada uno vive su propio caso, a su manera, con sus puntos de vista. A cada uno le afecta de una forma diferente pero tarde o temprano siento que vamos a estallar. Yo ya he estallado, y sé que no será la única vez.

Miro a mi alrededor y me entristece decir que conozco a demasiadas personas rotas, manipuladas, que escapan de sus realidades de las formas más terribles. El móvil es un escape; las series, las redes sociales, los video juegos, son escapes para adolescentes hartos de su día a día…

El cielo, mi libertad.

Mi escape era el cielo. Soñaba con el cielo. Escapar a un lugar tan lejano y a la vez tan cercano. Miraba al cielo, y comparado con mi vida convertida en cárcel, el cielo se veía sublime ante mis ojos. El cielo simbolizaba mi libertad. Un lugar tan amplio donde iban a caber todas mis emociones, no como mis cuatro paredes, que cada vez me presionaban más hacia el abismo. Hacia mi límite.

Cuando rompes tu límite. Y te das de sí. Cuando te pierdes.

¿No tienes miedo de que niños ahora mismo se estén dando de sí y no estén recibiendo la ayuda que necesitan porque ni siquiera les han enseñado a pedir ayuda cuando la vida se hace insoportable? La vida.

Yo tengo miedo. Porque yo sobreviví, pero ¿y si ellos no lo consiguen?

Parece que hablo de un mundo muy lejano que no existe. Una pesadilla. Una pesadilla que hemos creado con nuestras propias manos. Me pregunto si podemos cambiarla al igual que la hemos creado. ¿Tú confías en que vaya a conseguirlo? ¿Cambiarla, aunque sea un poco?

Tengo en mente numerosas reformas. Entre ellas que en los centros educativos se le dé más importancia a la salud mental, al deporte y a la creatividad.

¿Tú ves el problema del que te estoy hablando? ¿Te queda energía para intentar cambiarlo? ¿o ya te has dado de sí? Yo me he dado de sí y aun así me queda energía para cambiar. Quiero cambiar el mundo. Quiero vivir en un mundo mejor. Aunque sea soñando con los ojos abiertos.

Pensemos que somos un árbol cuyas raíces son nuestra base: autoconocimiento, amor propio, nuestro entorno, opiniones, valores fundamentales, nuestra fortaleza a partir de la cual creceremos y nos superaremos. Unas raíces que nos permitirán florecer después de cada invierno. El tronco nos permitirá avanzar y cambiar. Nos permitirá ser flexibles en los momentos difíciles para no rompernos y transportar todo lo necesario a las ramas que nos harán cambiar y ver el mundo desde distintas perspectivas. Por último, nuestras ramas que nos definen, cada una con sus hojas y sus flores. Tendremos una rama para cada una de nuestras relaciones, para cada sueño y cada pérdida, para vivir.

Este sería un árbol sano. Una persona sana.

Ahora, el problema surge cuando pretendes educar niños directamente a partir de una rama. Una persona sin una base sobre la que sustentarse cuando la vida se complique. Una rama muy grande, llena de conocimientos y ambiciones, pero que pronto se secará.

¿Lo pensarás?

Yo quiero cambiar el mundo y no lo puedo evitar.

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